La vida en los tiempos del smartphone

 

El hecho de poder acceder a dichas redes desde nuestros teléfonos celulares, y que estos estén constantemente al alcance de nuestras manos, en definitiva implica un riesgo. ¿Es posible ser adictos a dichos dispositivos? ¿Cómo? y ¿Por qué?

Para esclarecer estos interrogantes, en principio sería apropiado dar una explicación científica y por lo tanto basada en nuestra neurofuncionalidad.

A tales efectos, partimos de la base que la dopamina es un neurotransmisor (mensajero químico) del sistema nervioso central y que, entre sus variadas funciones, se ocupa de regular la motivación y el deseo, haciendo a veces que repitamos conductas que nos resultan placenteras. Sabemos, por ejemplo, que la mayoría de las drogas adictivas atacan al sistema de recompensas del cerebro e inundan el circuito con dopamina. Pero estudios recientes también han descubierto que este neurotransmisor sería incluso el químico responsable de nuestra adicción a internet. Ya sea que nuestra conducta repetitiva sea la de buscar permanentemente información, o chequear con exceso las ya mencionadas redes sociales, o revisar continuamente nuestros mensajes, cada vez que recibimos una notificación o hallamos algo que nos resulta grato recibimos un impacto de dopamina que potencia el sentimiento de placer.

Hasta hace pocos años, ser adicto a internet era una condición poco común. Al fin de cuentas, ¿cuántas personas disponían de tiempo como para pasarse el día frente a una computadora? Seguramente pocas. No obstante, los tiempos han cambiado y el maravilloso smartphone ha llegado para quedarse. Su permanente conexión a internet y la enorme cantidad de aplicaciones que posee, evidentemente hacen de este adminículo una fuente de dopamina al alcance de la mano, tan tentador para cualquiera como lo sería un paquete de cigarrillos en manos de un fumador.

Al parecer, los celulares se vuelven cada vez más inteligentes. Sin embargo, nuestra adicción a ellos podría estar llevándonos en la dirección contraria. En los tiempos que corren, nunca William Shakespeare habría hecho que Ricardo III pidiera a gritos cambiar su reino por un caballo. Hoy por hoy, habría sido más factible que dijera: “Mi reino por un smartphone”. ¿Qué ocurrió con el valioso tiempo para la introspección? Cada invaluable momento en que el ocio nos permitía reflexionar, tejer ideas o mirarnos por dentro, hoy lo dedicamos casi con exclusividad a una pantalla táctil. Y en verdad sería saludable recuperar ese tiempo para nosotros mismos y olvidar de vez en cuando el celular.

Lo curioso o paradójico es que nuestro amado smartphone tiene la función básica y maravillosa de conectarnos con los otros, pero parecería que gran parte del tiempo logra el efecto inverso, alejándonos un poco más. ¿Cómo puede un artefacto, diseñado para estar en contacto, causar que en ocasiones terminemos aislándonos? Quizás el problema no resida en dicho artefacto sino en nosotros mismos que, presas de esta agobiante posmodernidad y del paradigma de individualidad y narcisismo reinantes, buscamos fantasiosamente establecer vínculos pero sin estar dispuestos a brindar el tiempo y la atención que serían indispensables para tales fines. Y sin estar disponibles para ofrecer mucho más que unos simples mensajes instantáneos, luego nos angustiamos al no obtener a cambio algo mucho más significativo.

Como hemos dicho antes, requerimos de los otros. Pero esos otros instantáneos y de mensajes superficiales con quienes nos distraemos no hacen más que aliviar una ansiedad pasajera, una necesidad inmediata y urgente de contacto, de la misma manera en que una droga nos alivia de modo temporal y engañosamente. En resumen, nuestro mundo aparentemente al alcance de la mano en la forma de un celular nos hace creer que podemos tener aquello que queremos o que desconocemos, pero tenerlo ya. Y es claro que esta sensación aliviana la ansiedad y coloca a cierto vacío debajo de una alfombra. En efecto, se trata de una droga, la cual nos distrae y aleja de aquello que más valoramos y que requiere mayor dedicación. ¿Por qué razón entonces tendemos siempre a taponar aquel vacío? Por angustia. Pero sobre este tema habremos de profundizar más en los capítulos que siguen. Mientras tanto, en caso de que te hayas sentido identificado con este capítulo, tal vez sería apropiado que te preguntes por qué crees que chequeas permanentemente tu smartphone para contar la cantidad de “me gusta” o de “vistas” que ha tenido tu último posteo en una red social. ¿Se trata de un factor de vida o muerte? ¿No sabes por qué pero no puedes evitarlo? Quizá sería conveniente que lo pienses.

Fuente: EL ORIGEN DE TU ANGUSTIA Cómo superar las fronteras del dolor.

Nuevo libro de Psicólogo Daniel Fernández

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